CIERRE ANTICIPADO ESCOLAR ¿BURLA O RECONOCIMIENTO?
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La propuesta de cierre anticipado del ciclo escolar en México me provoca una mezcla de desconcierto y preocupación. No es solo un ajuste de calendario; es la confirmación de que seguimos tratando la educación como un tema administrativo, y no como el corazón del futuro del país. A fuerza de repetir que “no pasa nada por unas semanas menos”, se nos olvida que ya venimos de años de interrupciones, rezagos y parches mal puestos tras la pandemia.
Pienso en los salones que apenas comienzan a recuperar su ritmo, en los niños que aún arrastran dificultades para leer con soltura, en los adolescentes que regresaron a la escuela con lagunas enormes en matemáticas, ciencias y comprensión del mundo. Para ellos, cada día cuenta.
Cuando el Estado decide recortar el ciclo, lo que en realidad está diciendo es que esos días no importan tanto, que son prescindibles. Y ahí está el primer problema: ver el tiempo escolar como sobrante, cuando en realidad es el recurso más escaso que tenemos.
También me pregunto desde dónde se toman estas decisiones. No veo en el anuncio rastros de un diálogo serio con docentes, directivos, familias o especialistas. No se habla de estudios, diagnósticos, evaluaciones de aprendizaje que justifiquen que, pedagógicamente, es mejor terminar antes.
Lo que se percibe es una lógica distinta: acomodar tiempos políticos, administrativos, quizá presupuestales, como si la escuela fuera una oficina más del gobierno a la que se le puede bajar la cortina cuando convenga. Esa subordinación de la educación a la coyuntura es una vieja costumbre que seguimos sin abandonar.
Sin embargo, limitarse a la queja sería insuficiente. Si rechazamos el cierre anticipado del ciclo, debemos poner algo mejor sobre la mesa.
Lo primero sería invertir justo lo contrario: ampliar, no reducir, el tiempo significativo de aprendizaje. No se trata de alargar el calendario por decreto, sino de dotar a las escuelas de márgenes para reforzar lo que más falta hace: comprensión lectora, pensamiento matemático básico, habilidades socioemocionales. Una especie de “tramo de reparación” al final del ciclo, con actividades focalizadas para quienes más se rezagaron.
La segunda propuesta es elemental pero olvidada: decidir con base en evidencia y con participación real.
Antes de mover el final del ciclo, habría que mirar con lupa los datos de abandono, reprobación, niveles de logro en distintas regiones. No pesan igual unas semanas menos en una secundaria urbana con plantel completo que en una telesecundaria rural que ha tenido maestros interinos todo el año. La política de calendario debería tener la flexibilidad para responder a esas diferencias, y no caer en la comodidad de la medida uniforme.
Por último, el cierre del ciclo es también simbólico. Es el momento en que la escuela le dice al estudiante: “lo que hiciste este año vale, aquí está lo que lograste y también lo que falta”. Anticiparlo, sin un trabajo serio de balance, evaluación formativa y reconocimiento, es enviar un mensaje de apresuramiento, casi de prisa por quitarnos de encima el año escolar. Yo quisiera lo contrario: una escuela que se tome el tiempo de mirar de frente sus deudas, celebrar sus logros y prepararse, con calma y seriedad, para el siguiente paso.
Más que un reconocimiento honesto de nuestra realidad educativa, el cierre anticipado del ciclo escolar se parece demasiado a una burla elegante. Se reconoce, sí, que hay problemas, pero en vez de afrontarlos se opta por “apagar la luz” antes de tiempo.
Es como admitir el desastre sin la valentía de enfrentarlo. Se normaliza la precariedad, se administra el rezago y se manda el mensaje de que, al final, la educación puede esperar, aunque los estudiantes no.
No se trata, entonces, de defender el calendario como fetiche, sino de asumir que en un país con tantos pendientes educativos, la última opción debería ser renunciar, por la vía fácil, a días que podrían marcar una diferencia en la vida de quienes menos tienen.
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