Arnulfo Rodríguez: el eterno dirigente que no quiere irse

A sus casi ochenta años de edad, el dirigente de la Sección 30 del SNTE, Arnulfo Rodríguez Treviño, insiste en que se quedará “el tiempo que sea necesario” al frente del sindicato magisterial en Tamaulipas.
Como si fuera un junior recién llegado, el veterano líder se aferra a la silla y apuesta a que la elección interna se postergue por el proceso electoral de 2027.
Rodríguez Treviño, ya ni sumar puede, pues el periodo para el cual fue electo, cuatro años, vence en diciembre pero según él, su reinado concluye en enero próximo y dejando abierta la posibilidad de prolongar su mandato hasta cinco años, como ya ocurrió en su anterior gestión.
“Cuando me diga mi líder nacional, yo estoy listo”, dijo, en un tono que más parece obediencia ciega que compromiso democrático.
El dirigente aseguró que no busca un cargo de elección popular, sino “un puesto donde siga ayudando a la racita”. La frase, que intenta sonar cercana, refleja más bien la vieja retórica de quien se niega a soltar el poder y prefiere seguir administrando favores desde la dirigencia sindical.
Al ser cuestionado sobre su sucesión, Rodríguez Treviño intentó evadir con una sonrisa y un “tú quieres saber mucho”. Sin embargo, el gesto lo traicionó: un guiño a su secretario particular, Ulises Ruiz Pérez, dejó claro quién es su ahijado político. Ruiz, por cierto, ya se destapó como aspirante, pese a que dentro de la Sección 30 lo señalan como traidor y oportunista.
La ironía es que mientras el sindicato reclama renovación y transparencia, su líder octogenario se aferra a la narrativa de estabilidad y obediencia al Comité Nacional. “Ellos determinan cuánto tiempo perentorio de acuerdo que haya tranquilidad”, justificó, como si la democracia sindical dependiera de la paciencia de un solo hombre.
Con ocho décadas encima y un discurso que parece reciclado de los años setenta, Arnulfo Rodríguez Treviño se presenta como el “junior” eterno del magisterio: un dirigente que se niega a soltar el poder y que ya prepara a su ahijado para heredarle la silla, aunque la base magisterial lo vea como un relevo marcado por la traición.


